Los científicos propusieron un modelo de rotor molecular (aproximadamente 1 nm) para explicar la influencia de los campos magnéticos débiles en la biología. Este rotor manifiesta propiedades cuánticas: superposición e interferencia. Los cálculos muestran su alta sensibilidad a campos débiles, pero no a los intensos. Gracias a un mayor momento de inercia, conserva la coherencia cuántica durante un tiempo relativamente largo incluso en el ruidoso entorno celular, funcionando en la frontera entre los mundos cuántico y clásico. Integrado en los procesos cíclicos de la célula, este rotor puede ejercer una acción biológica perceptible.
Dentro de una célula viva gira un minúsculo trompo de carbono: una molécula de tamaño nanométrico. Un trompo común cae rápido, pero este se comporta distinto: es capaz de girar en dos direcciones a la vez, como una moneda cuántica eternamente congelada en su caída. Esta superposición de movimientos es clave para su extraña selectividad. El trompo detecta campos magnéticos de fuerza insignificante, pero permanece sordo ante un imán potente.
La razón está en su masividad. Así como un trompo con borde pesado gira más tiempo, esta molécula-rotor, gracias a su masa, conserva sus propiedades cuánticas incluso en el entorno acuoso y cálido de la célula. El desorden, o entropía, lo ataca más lentamente, impidiendo que se «desparrame» en el espacio.
Integrado en los ritmos celulares —división, trabajo enzimático—, este sensor puede gobernar la química de la vida. Quizás así es como las aves migratorias y algunas bacterias sienten el campo magnético terrestre. Este mecanismo no solo resuelve antiguos enigmas biológicos, sino que promete detectores ultrasensibles para medicina.
🎯 Algunas aves, como los petirrojos, literalmente «ven» el campo magnético terrestre durante la migración gracias a efectos cuánticos en sus ojos.