En una habitación oscura, un diminuto diamante brilla en rojo cuando un láser verde incide sobre él. Esa luz no es un adorno, sino una señal: su intensidad cambia si hay un campo magnético cerca. En el diamante hay defectos: átomos de nitrógeno con una vacante adyacente. Actúan como agujas sensibles que se orientan bajo la influencia de un imán.
Para que esas agujas no tiemblen por golpes aleatorios, se colocan en un resonador: una cavidad diminuta donde la luz rebota entre espejos. La cavidad amplifica la señal y desdobla los niveles de energía del diamante en varias líneas muy próximas. Antes se usaba una sola línea; ahora se leen varias a la vez, como sintonizar varias emisoras de radio simultáneamente. Eso es lo que ha dado la ventaja: la sensibilidad se ha multiplicado casi por tres y alcanza los 12 picoteslas, mil millones de veces más débil que un imán de nevera.
Y aún hay más. Los cálculos indican que la sensibilidad podría llegar a los 100 femtoteslas, es decir, cien veces mejor. Eso roza el límite impuesto por el ruido térmico: los movimientos aleatorios de los átomos en el propio sensor. Esa precisión bastaría para escuchar la actividad de una sola neurona o para detectar grietas ocultas en metales.
El sensor de diamante funciona a temperatura ambiente, sin criostatos voluminosos. Se puede integrar en un chip y llevarlo en el bolsillo. Los campos magnéticos cuentan mucho sobre el mundo: desde la actividad cerebral hasta las corrientes oceánicas. Ahora tenemos una herramienta que escucha su susurro.
El diamante es el mejor amigo no solo de las chicas, sino también de los físicos: su red cristalina es tan pura que las agujas defectuosas conservan el estado cuántico durante milisegundos, toda una eternidad en términos cuánticos.