El láser incide en el tejido y este responde con un chasquido apenas audible: una onda sonora. La captan unos sensores y con ellos se construye una imagen de lo que hay dentro. Así funciona la imagen fotoacústica: la luz penetra en profundidad y el sonido saca la imagen al exterior.
En el nuevo esquema no hay sensores. En su lugar, se hacen pasar varios haces de luz finos por la zona donde ha pasado la onda. El sonido agita ligeramente el aire o el tejido, y los haces se desvían, como una pajita en un vaso si se agita el agua. Esa desviación es la señal.
Primero, a partir de las desviaciones se reconstruye un mapa de gradientes de presión, y luego la presión misma. Se obtiene una imagen sin un solo micrófono. Los autores creen que este método es más sensible y distorsiona menos la señal que los sensores habituales.
El haz de luz se desvía por el sonido un ángulo diminuto, aproximadamente como si notaras que una pajita en un vaso se ha movido el grosor de un cabello.