Usando el telescopio Keck y el método de espectroscopía (análisis de luz que revela la velocidad de rotación), los astrónomos midieron 32 objetos: desde planetas gigantes hasta enanas marrones, cuerpos más pesados que los planetas pero más ligeros que las estrellas y que no llegaron a encenderse.
Los planetas gigantes giran casi al límite de la ruptura: su capullo gaseoso al nacer apenas los frenó, como hielo bajo un trompo. Las enanas marrones perdieron rotación rápidamente: su disco actuó como arena. Es más, las enanas marrones ligadas a estrellas se frenaron más que las solitarias; los planetas, en cambio, giran igual sin importar la compañía.
Sorpresa: los objetos de 5 a 40 masas de Júpiter conservaron más rotación que los más masivos (40–100 masas de Júpiter). Al parecer, al formarse, cruzar cierto umbral activa un potente frenado. Júpiter, con sus días de 10 horas, es solo un modesto ejemplo: muchos planetas gigantes giran aún más rápido, equilibristas al borde de la autodestrucción.
Un día en Júpiter dura solo 10 horas, más corto que en cualquier otro planeta del Sistema Solar.