El universo primitivo era una sopa caliente de partículas y luz. En esa sopa, las ondas sonoras —oscilaciones de densidad— se expandían desde los cúmulos de materia como círculos en el agua. Cuando el universo se enfrió, esas ondas se congelaron, dejando una huella en la distribución de las galaxias: hay un poco más de ellas a cierta distancia unas de otras. Esa distancia es una "regla estándar" para medir el cosmos.
Los astrónomos del sondeo DESI utilizaron una nueva herramienta: no solo observaron galaxias, sino también cuásares, los brillantes núcleos de galaxias lejanas. La luz de los cuásares atraviesa nubes de gas, y los átomos de carbono absorben parte de esa luz. Por esas "líneas oscuras" en el espectro se puede saber dónde están las nubes. Al comparar las posiciones de los cuásares y las nubes de carbono, los científicos encontraron la misma huella sonora.
La medición dio la distancia a esa época con una precisión del 3%. Es como medir la longitud de una habitación con un error de un par de centímetros, pero para todo el universo. Esa precisión ayuda a entender cómo ha cambiado la expansión del universo con el tiempo y qué es la energía oscura que la acelera.
Las ondas sonoras en el universo primitivo viajaban a más de la mitad de la velocidad de la luz: alrededor del 60% de ella.