El campo magnético nos rodea por todas partes: desde la brújula del teléfono hasta el escáner de resonancia magnética del hospital. Para medirlo con gran precisión se necesitan materiales especiales que reaccionen ante los mínimos cambios del campo. Uno de esos materiales son los cristales moleculares, en los que los espines de los electrones (una especie de 'peonzas') pueden mantener su estado durante mucho tiempo.
Los científicos tomaron cristales de pentaceno mezclados con p-terfenilo y comprobaron su eficacia como sensores. Las películas delgadas mostraron una dispersión en la sensibilidad de aproximadamente el 7,6%, mientras que los microcristales apenas alcanzaron el 1,3%. Además, los microcristales no mostraron pérdida de sensibilidad ni siquiera en el borde. Un nanocristal de tamaño inferior a una micra conservó un tiempo de coherencia de 1,09 microsegundos y un contraste del 25%, casi igual que un cristal grande.
Es como comparar el trabajo de dos relojeros: uno fabrica relojes con un error de un minuto y el otro, de un segundo. Los microcristales resultaron ser esos precisos 'relojeros' que no pierden el ritmo ni en el borde de su 'esfera'. Estos sensores podrían utilizarse para medir campos magnéticos en células vivas o para el control de calidad de materiales.
El pentaceno es una molécula orgánica formada por cinco anillos de benceno que emite luz azul bajo la luz ultravioleta. Se utilizó en los primeros transistores orgánicos.
En la serie 'Star Trek', los tricorders escanean el entorno con diminutos sensores: los sensores moleculares podrían ser el primer paso hacia esa tecnología.