Un panel solar se parece a un pastel de capas: finas películas de distintos materiales se apilan unas sobre otras, y la luz, al penetrar, arranca una corriente eléctrica. Uno de los materiales prometedores para estas películas es un compuesto de cesio, plomo y yodo. Hasta ahora se creía que en su interior no había campos eléctricos integrados, y por tanto la corriente no fluye tan libremente como sería deseable.
Los científicos observaron esa película con un microscopio electrónico que permite ver átomos individuales. Y encontraron en el cristal finas costuras: límites donde las filas de átomos giran ligeramente y no encajan a la perfección. En algunas costuras, los átomos de plomo se han desplazado de sus posiciones y a su alrededor ha surgido un débil campo eléctrico, como si dentro del material neutro aparecieran diminutas baterías. Estas costuras se repiten cada 30–50 nanómetros. Esto es cientos de veces más fino que un cabello humano.
En otras costuras no hay campo eléctrico, pero en cambio cambia la inclinación de los «ladrillos» atómicos: los octaedros de yodo alrededor del plomo. Esta es otra palanca oculta con la que se pueden controlar las propiedades del material. Si se aprende a alinear estas costuras en el orden adecuado, la corriente en el panel solar fluirá con más facilidad y producirá más energía.
Así que los límites dentro del cristal no son defectos, sino herramientas de trabajo. Es el caso en que la costura de una tela no estropea la prenda, sino que la hace más resistente e interesante.
La distancia entre las costuras encontradas, 30–50 nanómetros, es tan pequeña que en el ancho de un cabello humano cabrían unas dos mil.
En la serie «The Expanse», los paneles solares de las naves espaciales funcionan con materiales que la humanidad apenas empieza a comprender: estos campos internos ocultos podrían ser un paso hacia tecnologías similares.