Al mudarse a un piso nuevo, uno no vuelve a aprender a abrir puertas ni a encender la luz. La experiencia de la casa anterior se transfiere sola: la cocina es el lugar con fogones y fregadero, el dormitorio, el de la cama. El cerebro no guarda un mapa exacto, sino un esquema flexible que superpone al espacio desconocido.
Los científicos han construido un modelo computacional de esa transferencia. Tiene dos plantas. La planta superior es la tarea abstracta: encontrar comida, recordar un rincón seguro. La planta inferior es el espacio concreto, con paredes y recovecos. Entre ambas trabaja un traductor: conecta el objetivo «encontrar comida» con un punto del mapa.
Cuando el modelo llega a un lugar nuevo, no entra en pánico. Aplica el esquema antiguo: si antes la comida estaba en la esquina noroeste, la busca allí. Si la esquina está vacía, reaprende rápido. Igual que una persona en un piso nuevo va primero al sitio donde estaba el interruptor en el anterior.
La planta superior del modelo resultó parecerse a la corteza prefrontal: hay células que responden al progreso hacia la meta, independientemente del lugar concreto. La planta inferior, al hipocampo: hay células de lugar, como las de las ratas en el laberinto. El modelo unió los dos niveles, y eso ha dado una nueva perspectiva sobre cómo el cerebro transfiere la experiencia.
Las ratas tienen células que se activan cuando el animal se acerca a la meta, incluso si la meta está al otro extremo del laberinto. Estas «células de progreso» también se han encontrado en el modelo.
En la película «Origen», los arquitectos construyen sueños siguiendo esquemas generales que el soñador rellena con detalles, igual que el cerebro superpone un esquema conocido a un lugar nuevo.