En la oscura nube L43, donde nacen las estrellas, las partículas de polvo giran como pequeñas brújulas. La luz de una estrella joven las empuja, y el campo magnético las alinea en una dirección concreta. Cuando un grano de polvo está orientado de lado, su calor nos llega polarizado, como la luz que atraviesa una rendija estrecha. A partir de esa polarización, los astrónomos leen el mapa de las líneas magnéticas.
Los científicos observaron la nube en tres longitudes de onda: 154, 450 y 850 micrómetros. Resultó que en las longitudes de onda más cortas el polvo está peor alineado. Es como si en una multitud, los altos mantuvieran la formación y los bajos se dispersaran. La razón está en la temperatura: los granos calientes giran más rápido y obedecen peor al campo magnético. Midiendo cuán alineado está el polvo, los astrónomos calcularon la fuerza del campo: entre 13 y 60 microgauss. Para comparar, el campo en la superficie terrestre es de unos 500 000 microgauss, así que el campo cósmico es miles de veces más débil.
Pero no todo es tan simple. La luz de la estrella atraviesa la nube y, en su camino, encuentra granos de diferentes temperaturas y composiciones. Es como mirar un bosque: los árboles cercanos se ven nítidos, los lejanos se funden. Por eso, la fuerza del campo medida en distintas longitudes de onda difiere. Los autores compararon los datos con un modelo computacional donde la luz atraviesa la nube capa por capa. El modelo mostró que la diferencia se debe en parte a que en diferentes longitudes de onda vemos distintas capas de la nube. Pero también es posible que el propio campo magnético cambie ligeramente de dirección en las profundidades. Este método es como un rayos X para el polvo cósmico: permite ver el interior de la nube sin destruirla.
El campo magnético en la nube L43 es miles de veces más débil que el de un imán de nevera, pero es precisamente él quien gobierna el nacimiento de las estrellas.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, un océano inteligente controla la gravedad; aquí, los granos de polvo, obedeciendo a la luz y al campo magnético, revelan la estructura de lo invisible.