Durante seis años seguidos, el telescopio HARPS-N en la isla de La Palma observó al Sol como si fuera una estrella extraña: tomó espectros, vigiló el brillo y registró cada temblor de las líneas. Todo esto es necesario para entender cómo distinguir el débil bamboleo de una estrella de la verdadera señal de un planeta.
La estrella no se queda quieta: su superficie hierve como una olla de sopa. Emergen burbujas calientes, aparecen manchas y el campo magnético cambia. Todo esto desplaza ligeramente las líneas del espectro y se asemeja a un suave vaivén, similar al que causa un planeta. Antes, los astrónomos intentaban restar este 'ruido estelar' manualmente, pero es demasiado complejo e irregular.
La red neuronal se ha encargado de este trabajo. Se entrenó con seis años de datos solares, indicándole qué cambios de brillo, campo magnético y forma de las líneas espectrales están relacionados con la ebullición de la superficie. Resultó que no todas las pistas son igualmente útiles. Por ejemplo, la inclinación de la línea o el ancho de la banda de sodio apenas ayudan. En cambio, el flujo magnético, el brillo total y su tasa de cambio, así como la forma de la línea del hidrógeno, ayudan mucho.
Queda un poco menos de un metro por segundo, y parece ser ese límite que crean las gigantescas células convectivas del Sol, del tamaño de continentes enteros. Para detectar un planeta como la Tierra, hay que eliminar también ese ruido. Así que la próxima vez la red neuronal aprenderá de huellas aún más sutiles de la ebullición.
La velocidad de 93 centímetros por segundo es más lenta que el avance de un caracol de jardín (alrededor de 1,5 cm/s, pero el caracol no puede mantener esa velocidad por mucho tiempo, mientras que la estrella 'tiembla' continuamente).
En la película 'Interstellar', los héroes buscan planetas alrededor de un agujero negro, pero incluso alrededor de una estrella tranquila como el Sol, el ruido propio impide notar la Tierra; ahora una red neuronal ayuda a 'escuchar' la señal silenciosa.