El campo magnético es invisible, pero se puede escuchar. Los átomos de rubidio dentro de una celda de vidrio reaccionan a él como las cuerdas de un violín al arco: las ondas de radio los hacen oscilar entre estados de energía. La frecuencia de esas oscilaciones depende de la intensidad del campo, y la amplitud, de su dirección. La espectroscopía convierte esas oscilaciones en una señal medible.
Los magnetómetros convencionales se quedan ciegos cuando el campo se alinea con el rayo láser: la señal desaparece y el instrumento no ve el campo. Aquí se ha sorteado esa zona muerta: las ondas de radio están polarizadas circularmente, como un sacacorchos, y los átomos responden a ellas en cualquier orientación del campo. Los científicos calibran el dispositivo girando el campo externo y registrando cómo cambia la respuesta. Así, el sensor aprende dónde está cada "sacacorchos" y cómo interpretarlo.
Esta precisión abre el camino a sensores miniaturizados para navegación sin GPS, para mapas de anomalías magnéticas en geología y para escáneres médicos que detectan los débiles campos del corazón y del cerebro. Todo ello sin óptica voluminosa y sin girar el propio sensor.
Los átomos de rubidio en el sensor se agitan con ondas de radio a una frecuencia de unos 100 kilohercios, más baja de lo que puede oír el oído humano, pero más alta que el pulso de una ballena.
En la novela 'Mundo Anillo' de Larry Niven, los protagonistas usan brújulas magnéticas ultraprecisas para orientarse en el interior de un mundo artificial; un sensor como este podría ser su prototipo.