Científicos descubrieron que los sistemas cuánticos pueden comportarse como superficies que crecen, por ejemplo, como un montón de nieve: su rugosidad cambia según las mismas leyes universales. Esto borra la frontera entre los mundos clásico y cuántico. ¿Por qué a la naturaleza le encanta tanto la universalidad?
Un montón de nieve crece siguiendo reglas estrictas: los copos que caen crean irregularidades, estas atraen más nieve y los bultos se hacen más grandes. Esta misma matemática describe el crecimiento de las ciudades, los patrones en la corteza de los árboles, las ondas en el agua y las acumulaciones de polvo cósmico. Los físicos llaman universalidad a esta uniformidad.
Los científicos crearon un «montón de nieve cuántico»: una nube de átomos fríos en una trampa de rayos láser. Mediante un método similar a la fotometría (medir el brillo para contar partículas), observaron cómo crecían las irregularidades en este montón. Resultó que el aumento del desorden, o entropía, y el momento de saturación repiten exactamente el escenario clásico.
La frontera entre el mundo cuántico y el cotidiano se desdibuja: incluso los átomos «moldean» formas que nos son familiares por los patios nevados. Sorprende que esta escala universal se observara por primera vez no en la naturaleza, sino en un modelo informático de píxeles cayendo en los años ochenta. Las ideas de Satyendra Nath Bose y Albert Einstein sobre estados inusuales de la materia, así como los trabajos de Ludwig Boltzmann sobre el nacimiento del orden a partir del caos, encuentran aquí una continuación directa.
🎯 La escala de Family–Vicsek se observó por primera vez en simulaciones informáticas de deposición aleatoria de partículas en los años ochenta.