Un electrolito sólido es como una esponja para los iones de litio. En una batería de litio convencional, los iones nadan en un líquido, como peces en una pecera. En una batería de estado sólido, tienen que abrirse paso a través de la red cristalina, como por estrechos pasillos. Cuantos más huecos haya en la red, más rápido llegan los iones de un electrodo al otro.
Los neutrones crean esos huecos. Un flujo de neutrones de un reactor incide en el material LiBO2. Los neutrones son capturados por los núcleos de boro-10 y litio-6, que luego se desintegran en otros elementos. En el lugar de los átomos originales quedan huecos: vacancias. Los iones de litio pueden saltar a esas vacancias, y todo el flujo de iones se acelera. Dentro de los granos cristalinos, la conductividad aumentó casi un 20%, y en las fronteras de grano, más de un 80%.
La irradiación no destruyó el orden cristalino. El material permaneció sólido y conservó su estructura. La radiación gamma, que se produce durante la desintegración del boro, ayudó además a aliviar la tensión eléctrica en las fronteras de grano. Esa tensión dificultaba el paso de los iones, y ahora el camino está más despejado.
Este método es como un ajuste fino del material. Se pueden irradiar solo las zonas necesarias, dosificando el flujo de neutrones. Para las futuras baterías de estado sólido, es un paso hacia electrolitos que conducen iones casi tan bien como los líquidos, pero sin riesgo de fugas ni incendios.
El boro-10 es tan aficionado a los neutrones que se usa en las barras de control de los reactores nucleares: absorbe neutrones y frena la reacción en cadena.
En la novela 'El marciano' de Andy Weir, el protagonista usa un generador termoeléctrico de radioisótopos para calentarse; aquí, en cambio, los neutrones no calientan, sino que reestructuran el cristal para que los iones corran más rápido.