El núcleo atómico no es solo una bolita de protones y neutrones. En su interior, como en un diminuto imán, hay una distribución propia de magnetización. Hasta ahora era difícil de observar: los núcleos viven fracciones de segundo insignificantes y su campo magnético es débil. Ahora, físicos del CERN han encontrado la manera de mirar en su interior.
Tomaron el isótopo de vida corta potasio-47 y lo colocaron en un campo magnético intenso. El núcleo, como la aguja de una brújula, comenzó a girar alrededor de la dirección del campo: esto se llama precesión de Larmor. La frecuencia de esta rotación se midió con una precisión de una millonésima. A partir de las diminutas desviaciones de la frecuencia respecto a la calculada, se pudo entender cómo se distribuye exactamente la magnetización dentro del núcleo: qué parte la crean los espines (la rotación propia de las partículas) y cuál su movimiento orbital.
La comparación con la teoría trajo una sorpresa: los cálculos sobreestiman la contribución del espín. Incluso teniendo en cuenta los complejos efectos de la interacción entre partículas, la teoría no coincide con el experimento. Pero cuando los científicos tomaron la forma espacial de la magnetización de otra teoría, todo coincidió. Entonces, el problema no está en la cantidad total de magnetismo, sino en cómo está "repartido" por el núcleo.
El nuevo método es una ventana al corazón del átomo. Ayudará a poner a prueba las teorías sobre la estructura del núcleo y a buscar rastros de nuevas partículas que podrían influir en las propiedades magnéticas de los átomos. El pequeño núcleo de potasio se ha convertido en una piedra de toque para la gran física.
El núcleo de potasio-47 vive solo 17 segundos, pero en ese tiempo logra contar su estructura magnética.