Un punto cuántico del tamaño de un virus, aprisionado entre espejos, con un destello breve de luz engendra dos fotones. Estos fotones salen en pareja y sus polarizaciones —las direcciones de oscilación de las ondas— están ligadas de tal modo que, si conoces una, al instante sabes la otra. Esa conexión se llama entrelazamiento y es necesaria para la comunicación y la computación cuánticas.
El principal enemigo de ese vínculo es el temblor de los átomos del cristal debido al calor. Ese temblor desajusta la sintonía, igual que unas manos temblorosas dificultan enhebrar una aguja. Los científicos midieron cuán fuerte sigue siendo la conexión entre los fotones a distintas temperaturas y configuraciones. Para el cálculo usaron dos métodos: uno exacto pero lento, otro aproximado pero rápido.
Esto significa que los ingenieros podrán elegir rápidamente las mejores condiciones para los puntos cuánticos, sin gastar horas en cálculos exactos. Y los propios puntos se volverán más fiables como fuentes de fotones entrelazados para las futuras redes cuánticas.
El punto cuántico es tan pequeño que en el grosor de un cabello humano cabrían unos diez mil.
En la serie «Star Trek», el entrelazamiento cuántico se usa para comunicarse al instante a través del subespacio.