El viento en un túnel aerodinámico se acelera hasta velocidades enormes y se desata en un caos de vórtices. Para observar cómo muere ese caos en las escalas más pequeñas, los científicos tomaron un sensor más fino que un cabello humano y lo acercaron al flujo.
Dentro del túnel se creaba una capa de cizalladura: el lugar donde el aire rápido roza con el lento, generando remolinos. El sensor, un hilo calentado de una fracción de micrómetro, captaba las fluctuaciones de velocidad incluso donde los vórtices son más pequeños que la distancia entre las moléculas de aire. Las mediciones se realizaron con números de Reynolds de 450 a 1500, algo así como comparar un río caudaloso con una cascada.
Resultó que la energía de los vórtices no decae bruscamente, sino según una exponencial estirada: una curva que primero cae rápido y luego cada vez más lento. El exponente de esa curva, alrededor de 0.5, no cambiaba con la fuerza del flujo. Así se comporta el aceite que se extiende sobre una mesa: primero rápido, luego casi imperceptible.
Esta ley es como una receta universal de disipación para cualquier turbulencia, desde las corrientes oceánicas hasta el plasma en un reactor. Saber cómo la energía se convierte en calor en las escalas más pequeñas ayuda a calcular con mayor precisión la resistencia de los aviones, la mezcla de combustibles y la predicción del tiempo.
El sensor para medir los vórtices era 10 veces más delgado que el vórtice más pequeño que captaba. Es como medir las olas de una bañera con una regla de un milímetro de largo.