Antes se pensaba que las estrellas en todas las galaxias nacían según un mismo «molde»: siempre la misma proporción de pequeñas y grandes. Pero los datos del telescopio Gaia demostraron que no es así. La composición de la «población» estelar depende de las condiciones en la nube e incluso de la época. Entonces, ¿nuestro Sol es solo una de muchas variantes?
Durante mucho tiempo se consideró al universo como un cocinero estricto: se creía que en cualquier rincón las estrellas se amasan con una misma receta — por cada estrella gigante hay aproximadamente el mismo número de enanas, sin importar dónde nacieron. A esta proporción se le llamaba función inicial de masas, pero era difícil de comprobar: para contar todos los bollos en una panadería lejana, hay que ver hasta los más pequeños.
El satélite Gaia, armado con precisísimas mediciones de brillo, miró cientos de cúmulos abiertos — 'hornadas' grupales de estrellas. Resultó que en distintas regiones galácticas la receta cambia: donde el gas y el polvo eran más densos y el hidrógeno más caliente, nacían varias veces más gigantes. El universo se parece más a una red de panaderías con tradiciones diferentes que a una cadena de montaje única.
Este simple hecho cambia muchas cosas. Por ejemplo, los cálculos del número de planetas aptos para la vida y la distribución de la materia oscura en las galaxias se basaban en suposiciones anteriores. Ahora está claro: incluso los ingredientes básicos del cosmos no se mezclan siguiendo un patrón, y los astrónomos tienen que reescribir sus libros de cocina.
🎯 El Sol es un astro promedio, pero la inmensa mayoría de estrellas en la Vía Láctea son enanas rojas tenues que viven cientos de veces más y son cientos de veces más débiles.