Un trozo de película de óxido de zinc yace sobre la mesa. Acercan un imán y comienzan a girarlo lentamente alrededor de la película. La película, más delgada que un cabello humano, empieza a cambiar sus dimensiones: ora se contrae, ora se estira. Esta propiedad se llama magnetostricción: la capacidad de un material de deformarse bajo un campo magnético.
Científicos de la India midieron este efecto con un dispositivo óptico casero: un magnetómetro de cantiléver. Un haz de luz se refleja en la película, sujeta a una consola delgada, y la más mínima flexión de la consola se detecta por el desplazamiento del haz. Resultó que al girar el campo magnético de 0 a 90 grados, la película se comporta de manera diferente: en algunos ángulos solo se estira, en otros solo se contrae, y en algunos primero una cosa y luego la otra. Esta conmutación está relacionada con la estructura cristalina interna del óxido de zinc.
La utilidad práctica es evidente: con esta película se pueden fabricar diminutos sensores que reaccionan a la dirección del campo magnético, o microactuadores controlados por la rotación de un imán. Todo esto será útil en la micro y nanoelectrónica, donde la compacidad y la precisión son importantes.
El óxido de zinc es ese polvo blanco que se encuentra en los protectores solares y en la pomada de zinc.