La música se sostiene sobre la repetición: esperamos que el acento vuelva, como vuelve el estribillo. Pero si se repite lo mismo durante demasiado tiempo, llega el aburrimiento. El compositor parece caminar sobre la cuerda floja entre lo familiar y lo inesperado.
Los científicos tradujeron ese equilibrio al lenguaje de la física. Representaron el ritmo como un sistema donde cada nota es una partícula que «quiere» parecerse a sus vecinas (orden), pero también «quiere» diferenciarse (variedad). En física, esas fuerzas opuestas se describen mediante la energía libre, una magnitud que indica cuán estable es el sistema. Resultó que, bajo ciertas condiciones, en el ritmo ocurre una transición de fase: así como el agua se convierte en hielo, los golpes desordenados de repente se organizan en un patrón definido.
El modelo se probó con la música de Johann Sebastian Bach. Sus patrones rítmicos resultaron muy cercanos a los que predice el modelo. Esto significa que Bach encontraba intuitivamente ese equilibrio entre previsibilidad y sorpresa que los físicos describieron con fórmulas.
Este enfoque puede servir no solo para analizar música antigua, sino también para crear nueva. Un compositor o un programa podría ajustar la «temperatura» del ritmo: más orden dará una marcha, más caos, una improvisación libre. La música, como la materia, tiene sus estados.
En el modelo, el ritmo se «congela» en un patrón igual que el agua se convierte en hielo. Solo que aquí, en lugar de temperatura, lo que importa es la proporción entre el afán de repetición y la sed de novedad.