Un memristor es una resistencia con memoria: tras cortar la corriente, conserva su resistencia. En su interior, una fina película de óxido metálico está intercalada entre dos electrodos metálicos. Cuando se hace pasar por primera vez una corriente fuerte a través del dispositivo, se forman en el óxido filamentos conductores de vacantes de oxígeno, y la resistencia cae bruscamente. Este proceso se denomina electroformado.
En el nuevo trabajo, tomaron un memristor de óxido de niobio con electrodos de platino y observaron qué ocurría después del formado. Resultó que en el interior no solo crecían filamentos de oxígeno, sino también filamentos de platino. Los átomos de platino abandonaron el electrodo superior y atravesaron todo el óxido, como la sal penetra en el pepino durante el salado. Mientras tanto, el oxígeno, por el contrario, se acumuló cerca del electrodo superior y se adentró en el platino.
La razón está en cómo funciona el memristor. Tras el formado, pasa a un régimen de resistencia diferencial negativa: cuanto mayor es la corriente, menor es la resistencia, y viceversa. Esto provoca rápidos saltos de corriente que calientan y enfrían el material miles de veces por segundo. Estos vaivenes térmicos ayudan al oxígeno a salir del óxido, y por los huecos que quedan, como por túneles, se arrastra el platino.
Este descubrimiento cambia la idea de cómo funcionan los memristores. Antes se pensaba que tras el formado la química interna se congelaba. Ahora está claro que el material sigue cambiando con cada encendido. Por tanto, la vida útil y la fiabilidad de estos dispositivos dependen no solo del formado inicial, sino también de cómo se utilizan. Comprender esto ayudará a crear memristores que no se degraden con el tiempo y que almacenen información con precisión.
El platino es uno de los metales más inertes: no se oxida ni se disuelve en ácidos. Pero en el memristor se deslizó como si lo hubieran empujado con una plancha caliente.