Según Einstein, el espacio-tiempo es un tejido flexible, curvado por la materia. Pero en el mundo cuántico todo es diferente: las partículas se difuminan en una nube de probabilidades, gobernadas por una regla estricta descubierta por Max Born. Una nueva investigación une estas imágenes: el espacio-tiempo mismo resulta no ser liso, sino un tejido vibrante.
A nivel microscópico, este tejido tiembla sin cesar, como una fina seda al viento. Sus vibraciones no son mero ruido; generan las probabilidades cuánticas. Cuanto más fuerte es el temblor, más borroso se vuelve el destino de la partícula.
El espacio-tiempo no solo dicta las probabilidades, sino que también otorga masa a las partículas. El vacío tembloroso se resiste al movimiento, convirtiendo acumulaciones de energía en partículas con peso. Esta misma idea arroja luz sobre la energía oscura y las masas de las partículas elementales. Así, el temblor cuántico del universo une la gravedad y el micromundo.
Quizás el temblor del espacio-tiempo sea la razón por la que las partículas elementales tienen masa.