Sobre un donut de goma se extiende una película invisible: el campo cuántico. Mientras el donut es pequeño, la película está tensa y no se hunde en ningún punto: el vacío permanece vacío. Pero basta con estirar el donut hasta cierto tamaño para que en la película aparezca por sí sola una abolladura: el campo comienza a sentirse en cada punto.
Esa abolladura no es casual. El flujo magnético que atraviesa el donut actúa como un armazón invisible que determina la forma de la depresión. Si por el agujero pasa una sola línea de fuerza, la abolladura es única. Dos líneas: el campo se organiza por sí solo en dos patrones igualmente posibles pero diferentes. Tres líneas: las variantes pasan a ser seis. La película parece elegir una de las plantillas ya hechas, aunque nadie la guía.
Lo más curioso es la simetría. Originalmente, el donut con flujo magnético se ve igual bajo rotaciones y traslaciones. Pero el campo, al manifestarse, a menudo rompe esa armonía: el patrón resulta menos simétrico que el propio donut. Esto recuerda cómo, de una niebla homogénea, surgen de repente copos de nieve, cada uno con su forma única pero estrictamente ordenada. Los físicos no solo encontraron estos patrones: calcularon cuántos habrá para cada número de líneas de fuerza y mostraron qué simetrías sobreviven y cuáles se destruyen.
En este modelo, el vacío se llena de campo espontáneamente, sin ningún aporte externo, simplemente porque el 'escenario' se ha vuelto lo bastante grande para que aparezca el 'actor'.