Una pelota grande y pegajosa, si la arrojas sobre un estante polvoriento, rebotará y levantará polvo, pero si la haces rodar despacio, recogerá cada mota de suciedad. Así se comportan los excitones de Rydberg, unos 'átomos' gigantes dentro del cristal, llamados así en honor a Johannes Rydberg.
En el cristal de óxido de cobre siempre hay impurezas cargadas —iones que crean campos interferentes. Con el movimiento rápido habitual (provocado por un pulso láser), los excitones suelen rebotar o malgastar energía emitiendo luz, como si la pelota chisporroteara y perdiera pegajosidad.
El hallazgo inesperado fue el régimen ultralento: en él, la partícula no rebota, sino que, como un rodillo adhesivo, envuelve la impureza. En este límite cuántico, el único resultado posible es la captura del defecto, y todas las pérdidas de energía inútiles se desconectan. Este movimiento se logra mediante la excitación láser de dos fotones, que no empuja, sino que hace rodar delicadamente al excitón. La combinación de espectroscopia láser y medición de la emisión de luz abre el camino hacia cristales ultrapuros para la electrónica cuántica.
Los excitones de Rydberg en el óxido de cobre son tan sensibles a los campos eléctricos que pueden 'sentir' una sola carga a cientos de nanómetros de distancia.