En un trozo de imán ordinario, todos los espines electrónicos —las diminutas agujas magnéticas— apuntan en la misma dirección. Es una fila de soldados mirando al frente. Ese orden se llama altermagneto colineal. Pero los físicos han encontrado la manera de hacer que la fila 'baile': usando dos rayos láser de distinto color que inciden en perfecto compás, se puede crear en el material un nuevo tipo de patrón magnético.
Los dos rayos láser con fases sincronizadas (cuyos colores guardan una relación de 1:2) generan en el material un orden oculto que rompe la simetría de reflexión espacial. En términos sencillos, las agujas electrónicas empiezan a apuntar de manera distinta según su posición en el cristal: aparece una 'textura de espín'. El efecto es similar a que sobre una fila de soldados actuaran dos ondas de órdenes: una hace que todos giren la cabeza a la derecha, y la otra, que los que están en posiciones pares la inclinen hacia adelante. El resultado es un relieve complejo pero controlable.
El valor práctico reside en la posibilidad de controlar corrientes de espín sin campos magnéticos ni metales pesados. Normalmente se necesitan electroimanes voluminosos o materiales raros. Aquí bastan dos haces de luz y un altermagneto ordinario, que abunda en la naturaleza. Los autores del trabajo también demostraron que si se aplica la misma técnica a un imán simétrico, surge una corriente de espín anómala: un flujo de espines sin disipación, es decir, sin calentamiento extra. Es justo lo que sueñan los desarrolladores de chips espintrónicos.
El campo láser de dos colores con una relación de frecuencias de 1:2 recuerda al intervalo musical de octava, pero en el mundo de los fotones. Esa 'octava óptica' hace que los electrones oscilen de forma anarmónica, lo que da lugar al inusual orden magnético.
En la novela 'El fin de la infancia', de Arthur C. Clarke, los alienígenas controlaban la materia con campos. Parece que nosotros estamos aprendiendo a hacer lo mismo: reconfigurar con luz la estructura interna de los imanes.