Un diminuto agujero negro atraviesa una nube de gas. No la absorbe, sino que la calienta, como una plancha dejada sobre un paño húmedo. De él emana radiación y a su alrededor se forma un punto caliente: una región donde la temperatura es cientos de veces mayor que la del espacio circundante.
Antes se creía que esos puntos vivían casi para siempre, enfriándose lentamente y según la misma ley. Pero en el nuevo trabajo se tuvo en cuenta que el universo se expande. La expansión actúa como un ventilador: se lleva el calor más rápido de lo que este se propaga por sí mismo. El punto caliente primero pierde temperatura bruscamente y luego se enfría según una ley más pronunciada, no como en un mundo estático.
Al final, todos los puntos calientes desaparecen en un tiempo finito. Esta es una conclusión importante: si tales puntos realmente existieron en el universo temprano, sus huellas podrían haber llegado hasta nuestros días solo bajo condiciones especiales. Ahora queda claro que hay que buscarlos de otra manera: no como faros eternos, sino como destellos breves que se apagaron hace mucho.
La temperatura de un punto caliente puede superar en miles de veces la del gas circundante, como si de pronto agua hirviendo apareciera en agua helada.