Stephen Hawking imaginó que el Universo nació no de una explosión, sino que emergió suavemente de la «nada» cuántica. En mundos con geometría cóncava (espacio anti-de Sitter), este nacimiento presenta un borde, como el aro de un tambor. Los físicos compararon dos instrumentos: uno con el aro firmemente atornillado, y el otro vibrando libremente. El aro libre introdujo en el sonido cuántico un desfase inesperado, una alteración del ritmo que depende del número de dimensiones. Es como si una misma nota cambiara de timbre solo porque el marco tiembla.
Esta sutil vibración no es un simple detalle: con un aro rígido, nuestro Universo sería matemáticamente inviable. El destino del mundo se decide en sus bordes temblorosos, conectando mundos de distintas dimensiones en una única danza cuántica.
El desfase provocado por la vibración es un «empujón» cuántico sin el cual nuestro mundo sería matemáticamente imposible.