La interacción Jaynes-Cummings (intercambio de energía entre un sistema de dos niveles y un oscilador) es uno de los pilares de la óptica cuántica. Por primera vez, los investigadores construyeron a partir de ella un lenguaje universal para controlar el oscilador, combinando esta interacción con rotaciones del cúbit. Un experimento de microondas en un chip superconductor demostró una fidelidad del 96% para una operación con tres estados y la posibilidad de escalar a más niveles. Curiosamente, el desplazamiento dispersivo resultó ser un recurso útil: funcionó como un «compilador» que acorta la longitud de los programas.
El átomo es como un director, y la luz en el resonador, una orquesta. El intercambio de energía entre ellos, conocido como interacción Jaynes-Cummings (parte del Modelo Estándar), permite que el átomo, con movimientos de 'batuta', cambie el ritmo y el timbre de las oscilaciones. Pero hasta ahora, el director solo podía interpretar unas pocas piezas ensayadas de antemano.
Los físicos crearon un control remoto universal para ese director. Un átomo artificial (cúbit superconductor) y un resonador de microondas con pérdidas mínimas intercambiaban energía en pulsos cortos. Al girar el átomo entre tiempos, los científicos, mediante mediciones precisas de microondas, establecían cualquier estado deseado del campo, como un director que, de ahora en adelante, puede interpretar una sinfonía, jazz o el silencio con la misma orquesta.
Dato curioso: para un átomo de tres niveles (qutrit), la precisión alcanzó el 96%. Las pérdidas de energía no son un problema: se pueden detectar y corregir, manteniendo el desorden bajo control. El método funciona dondequiera que haya un campo-orquesta y un átomo-director. Así nacen los procesadores cuánticos programables que operan con el ritmo de las oscilaciones.
🎯 Para un átomo de tres niveles (qutrit), la precisión de las operaciones alcanzó el 96%, casi como un malabarista experimentado que mantiene tres objetos a la vez.
🎬 Así nacen los procesadores cuánticos, donde la información vive en oscilaciones, como en las novelas de ciencia ficción sobre computadoras que funcionan al ritmo de la luz.