En los primeros instantes tras el Big Bang, el universo era un caldero hirviendo. Pero luego, según una nueva hipótesis, se enfrió bruscamente durante un breve periodo, mucho más de lo que se pensaba. En este mundo helado, las partículas de materia oscura, similares a diminutos péndulos, se quedaron quietas y no comenzaron a oscilar.
Cuando los péndulos finalmente se "despertaron", pusieron en marcha una reacción en cadena. El espacio que los rodeaba se llenó de partículas de luz. El proceso fue tan potente que el propio espacio-tiempo se onduló: surgieron ondas gravitacionales. Al mismo tiempo, en el plasma que llenaba el cosmos, se generaron poderosos campos magnéticos. Su fuerza fue tan grande que han llegado hasta nuestros días y atraviesan el vacío entre las galaxias. Estos campos son justo los necesarios para explicar por qué la luz de los lejanos núcleos activos de galaxias no se atenúa tan rápido como predicen los modelos simples.
Los campos magnéticos nacidos de este mecanismo se asemejan a gigantescos sacacorchos: no solo son intensos, sino que además están retorcidos, como una rosca helicoidal.
En la novela 'Un fuego sobre el abismo', de Vernor Vinge, los campos magnéticos interestelares forman una red que limita la velocidad del pensamiento, casi como el medio que describe esta teoría.