En un tubo de ensayo flotan moléculas. Su cantidad —digamos, la concentración de alguna proteína— se convierte en la señal de entrada. Y a la salida no se necesita solo una solución turbia, sino una respuesta clara tipo 'sí' o 'no'.
Los autores del trabajo construyen una cadena química que hace exactamente esto. Toma una sustancia con concentración de cero a uno y produce una secuencia de pulsos, como el código Morse, pero químico. Cada pulso significa 'encendido', su ausencia, 'apagado'. Así, las moléculas mismas convierten una señal analógica (el cambio gradual de concentración) en código digital.
Los errores aquí son inevitables, como el ruido en una radio vieja. Pero los autores analizan de dónde provienen y muestran que la precisión puede hacerse tan alta como se desee. Para ello, basta con ajustar las constantes de velocidad de las reacciones, es decir, la rapidez con que unas sustancias se convierten en otras. En el futuro, este 'húmedo' computador podría integrarse en una célula viva y monitorear su estado sin necesidad de cables.
Las reacciones químicas pueden resolver ecuaciones diferenciales, esas mismas que describen las oscilaciones de un péndulo o el crecimiento de una población. Solo que en lugar de números, hay concentraciones de sustancias, y en lugar de suma, mezcla.
En la novela 'La rosa y el gusano' de Robert Ibatullin se describen computadoras moleculares que crecen directamente en caldo de cultivo, casi como una predicción de este trabajo.