En la imagen tradicional, un agujero negro es un abismo sin rostro en el espacio-tiempo. Pero si a su alrededor vibra una envoltura de materia, el hueco entre el borde del abismo y esa envoltura se convierte en una cavidad resonante. Cualquier perturbación externa, por débil que sea, desencadena en ella oscilaciones de un campo invisible que impregna el vacío. Paso a paso, como un péndulo empujado acompasadamente, el campo acumula energía, y un minúsculo empujón se transforma en una señal potente. Finalmente, la energía acumulada genera una onda gravitacional secundaria detectable. Esta llega con retraso y multiplicada en intensidad: un eco acústico del abismo. Este mecanismo explica por qué incluso adiciones insignificantes a la teoría de la gravedad pueden producir un fuerte eco: el agujero negro actúa como un instrumento musical gigantesco que convierte un sonido tenue en un acorde poderoso.
La energía del campo puede multiplicarse por decenas en pocos ciclos de oscilación, convirtiendo el susurro de las perturbaciones externas en una señal fuerte.