Imaginen dos vasos metálicos metidos uno dentro de otro casi sin holgura. Flotan en ingravidez dentro de un satélite que da vueltas alrededor de la Tierra. A través de ellos pasan sin parar ondas de materia invisible, parecidas a rachas de viento. Estas ondas son tan largas que cubren los dos vasos a la vez, y entonces los vasos empiezan a vibrar al mismo compás.
Cuando una onda atraviesa dos objetos, se comporta como la luz que pasa por dos ventanas: en el suelo aparecen franjas de luz y de sombra. Aquí ocurre lo mismo: las ondas que rebotan en el primer cilindro se mezclan con las que rebotan en el segundo, y en unos puntos la vibración se refuerza mientras que en otros casi desaparece. Los científicos buscaron precisamente esa vibración en los datos del satélite MICROSCOPE.
No encontraron ninguna señal clara, pero eso no es un fracaso: ahora se sabe que la materia oscura interactúa con la materia ordinaria aún más débilmente de lo que se creía. Y ese conocimiento ayudará a construir en el futuro instrumentos más sensibles.
Los dos cilindros de MICROSCOPE están separados por un espacio de solo 1 centímetro, pero para las ondas de materia oscura con una masa de 5×10⁻³ eV la longitud de coherencia es de unos 10 centímetros, lo que les permite interferir como la luz en el experimento de Young.