Por lo general, un agujero de gusano se imagina como un túnel en el espacio cuyas paredes sostiene algo inusual: materia con energía negativa. Como los puntales en una mina que evitan que los techos se derrumben. Pero en este trabajo los físicos prescindieron de los puntales. Tomaron tres espacios vacíos diferentes (lo que queda si se retiran todas las estrellas y planetas) y reconfiguraron sus coordenadas, como un sastre que remienda un traje sin añadir tela nueva. Obtuvieron tres agujeros de gusano: uno con la garganta plana, como un pasillo recto, y dos con la garganta esférica, como un arco redondo.
Estos agujeros no son solo trucos geométricos. Uno de ellos se comporta como una construcción puramente topológica, como una cinta de Möbius que no tiene un lado distinguible. Los otros dos crean gravedad real, aunque no contienen materia. Pero lo más inesperado es que no se puede transformar suavemente un agujero de gusano ordinario con materia exótica en uno vacío. Es como intentar convertir un puente de arco en uno colgante sin desmontar la estructura: son fundamentalmente diferentes.
Resulta que los agujeros de gusano vacíos no son una versión simplificada de los ordinarios, sino una clase independiente de objetos. Viven en un sector separado del 'espacio de configuraciones', un catálogo imaginario de todas las geometrías posibles del universo. Y abren una nueva perspectiva sobre cómo el espacio puede conectar regiones distantes sin necesidad de magia alguna.
La palabra 'agujero de gusano' fue acuñada por el físico John Wheeler en 1957, por analogía con las galerías que excavan los gusanos, conectando dos puntos de la superficie por el camino más corto a través de la tierra.
En la película 'Interstellar', el agujero de gusano cerca de Saturno permite a los protagonistas llegar a otra galaxia y, a diferencia de muchas tramas de ciencia ficción, su visualización se basa en las ecuaciones reales de la relatividad general.