El tiempo en física se parece a un director que marca el ritmo a toda la orquesta. Pero en el mundo cuántico no hay una batuta única: cada partícula puede vivir según su propio reloj. Normalmente simplificamos el panorama y asumimos que el tiempo fluye igual para todos. Los autores del artículo abandonaron esta suposición y observaron qué ocurre si el tiempo lo miden los propios sistemas cuánticos, por ejemplo, un átomo que transita entre niveles de energía.
Derivaron una ecuación que describe la evolución del sistema sobre el fondo de estos relojes "vivos". El resultado sorprendió: incluso en un contacto simple con el entorno, el sistema no solo olvida el pasado, sino que lo arrastra consigo, como un caracol con su concha. Esta memoria surge porque los relojes no son perfectos: su marcha tiembla ligeramente, y ese temblor se entrelaza con la influencia del entorno.
Cuando observamos el reloj de manera muy burda, sin distinguir los pequeños tics, la memoria se borra y surge la imagen familiar en la que el futuro depende solo del presente. Así, los autores mostraron que la evolución "sin memoria" habitual no es una ley fundamental, sino una ilusión conveniente que nace de nuestra miopía.
Incluso los relojes atómicos más precisos se desvían un segundo en miles de millones de años, pero para la memoria cuántica basta incluso ese temblor insignificante.
En la novela de Ted Chiang "La historia de tu vida", la forma de pensar de la protagonista cambia cuando empieza a percibir el tiempo no como un río, sino como un lago, algo similar a cómo los relojes cuánticos "recuerdan" el pasado.