Un intérprete trabaja en una sala ruidosa y traduce una reunión. Las conversaciones ajenas estorban, las palabras se confunden, el sentido se pierde. Algo parecido le ocurre a un sistema cuántico acoplado a un entorno: normalmente pierde su caos cuántico, porque la información se escapa hacia fuera y la mezcla se apaga. Pero los físicos imaginaron otra situación: le dieron al intérprete un segundo diccionario con palabras nuevas que el ruido va metiendo. Resultó que esa inyección de entropía puede no debilitar el caos, sino reforzarlo.
Los científicos tomaron el modelo SYK, un conjunto de partículas con interacciones aleatorias. Al principio, el sistema estaba en equilibrio con el primer entorno. Después activaron el acoplamiento con el segundo entorno, donde las partículas tenían otra energía por partícula (el potencial químico). Las partículas empezaron a fluir y el espacio de estados disponibles se amplió. Es como si al intérprete le hubieran dado más palabras: aumentaron las opciones de traducción. Pero al mismo tiempo, parte de la información se marcha a los entornos, y eso frena el caos.
Los físicos calcularon ese exponente y vieron una competencia: la inyección de entropía lo aumenta y la fuga de información lo reduce. Si el acoplamiento con el segundo entorno es débil y la diferencia de energías es grande, el caos se intensifica. Si el acoplamiento es fuerte, gana la fuga. Pasa como con el intérprete: un poco de ruido de fondo con palabras útiles ayuda, mientras que un ruido fuerte entorpece. La conclusión principal es que el entorno permite controlar el caos cuántico, y no solo suprimirlo. Ahora esto se puede aprovechar en simuladores cuánticos, donde hace falta un caos controlado.
En el modelo con interacción de salto por pares se logra amplificar el caos sin ningún tipo de disipación, lo que recuerda a la situación de un traductor que no se distrae con conversaciones ajenas y, aun así, recibe un vocabulario adicional.