Cada año, la comida que comemos le quita a la humanidad decenas de millones de años de vida, debido a dietas poco saludables. Y al mismo tiempo, un tercio de todos los gases de efecto invernadero que calientan el planeta nace en el camino del campo a la mesa. Parecería que la solución es obvia: cambiar a una alimentación más saludable, y así salvamos el clima y mejoramos la salud. Pero un nuevo estudio muestra que estos dos objetivos no siempre van de la mano.
Los investigadores construyeron un modelo informático detallado de la alimentación global, con vínculos a regiones específicas. Simularon muchos escenarios: qué pasaría si la gente comiera menos carne, más verduras, o cocinara de otra manera. El modelo tuvo en cuenta tanto las emisiones de la agricultura como el impacto de diferentes alimentos en la esperanza de vida.
El resultado sorprendió. Dejar la carne roja es una palanca poderosa para el clima: la huella de carbono se derrite ante los ojos. Pero la salud gana poco con esto: solo unos pocos meses adicionales de vida a escala poblacional. Y al revés, se puede armar una dieta que fortalezca notablemente la salud, pero que casi no toque las emisiones de gases de efecto invernadero.
La conclusión es simple: la comida no es un solo problema, sino dos. La salud y el clima requieren soluciones diferentes. Los políticos tendrán que trabajar en dos frentes a la vez, sin esperar que una comida beneficiosa para el planeta nos salve automáticamente también a nosotros.
El sistema alimentario mundial es responsable de aproximadamente un tercio de todas las emisiones de gases de efecto invernadero: más que todo el transporte combinado.