La galaxia NGC 1277 se parece a un libro antiguo que nadie ha abierto en miles de millones de años. Se formó rápidamente, en los albores del universo, y desde entonces apenas ha cambiado: no ha chocado con sus vecinas ni ha acumulado nuevas capas. Los astrónomos llaman a estos sistemas «relictos»: conservan la composición química de las primeras estrellas, como el ámbar preserva insectos prehistóricos.
Mediante una espectroscopía infrarroja profunda, los científicos han indagado en la crónica química de esta galaxia. Les esperaba una sorpresa: las líneas de absorción del silicio resultaron ser inusualmente intensas. La proporción de silicio respecto al hierro supera la solar en decenas de veces y, lo más importante, hay mucho más silicio que magnesio. Los modelos actuales de poblaciones estelares y las típicas explosiones de supernovas por colapso del núcleo no pueden producir semejante exceso.
Estas supernovas, llamadas de inestabilidad de pares, solo pudieron surgir en un entorno casi sin elementos pesados, es decir, entre la primera generación de estrellas. En las galaxias masivas que crecieron lentamente, esta señal hace tiempo que se ha diluido con las generaciones posteriores. Pero NGC 1277 se formó de manera vertiginosa y se congeló, conservando una rara firma química. Este hallazgo abre una ventana a la época en que el universo apenas aprendía a crear átomos complejos y nos da una pista de cómo eran sus primeros gigantes estelares.
Las supernovas de inestabilidad de pares no dejan tras de sí ni una estrella de neutrones ni un agujero negro: la estrella se destruye por completo, esparciendo toda su materia, incluida una enorme cantidad de silicio.