Una orquesta interpreta una partitura en la que cada nota es el nacimiento de una cría a una edad concreta. En algunas especies las notas se agrupan en una frase breve; en otras se estiran a lo largo de toda la vida. El ritmo de esa distribución puede calcularse con las tablas de supervivencia.
Los científicos tomaron tablas en las que, para cada edad, figuran las probabilidades de sobrevivir y el número de crías nacidas. De esas tablas dedujeron una magnitud: la entropía evolutiva. Esta mide hasta qué punto la reproducción se reparte de manera uniforme entre las edades. Si una especie pare siempre a la misma edad, la entropía es baja; si sus aportes se dispersan a lo largo de décadas, es alta. Resultó que la entropía no depende de lo fecunda que sea la especie ni de cuánto viva, sino solo de la forma de la distribución.
La comprobación con 130 especies animales mostró una gran concordancia: en el 85,8% de las especies, las medianas reproductivas predicha y observada coincidieron con una precisión de hasta dos clases de edad. Esto significa que la partitura de la reproducción está afinada para alcanzar el máximo de entropía en la mayoría de las especies. Ahora basta con las tablas demográficas para estimar la estrategia reproductiva de una especie, sin gastar años en observaciones de campo.
Entre las especies analizadas apareció el beluga (Huso huso), uno de los peces más longevos, en el que la predicción de la mediana reproductiva se desvió en 23 clases de edad: la mayor discrepancia de la muestra.
La idea de que la distribución de las contribuciones reproductivas puede describirse con entropía resuena con la noción de «presión demográfica» en la novela de Ursula K. Le Guin «Los desposeídos», donde una sociedad regula conscientemente la reproducción para mantener el equilibrio.