El corazón de muchas galaxias es un agujero negro supermasivo. No solo se sienta en el centro, sino que a veces brilla intensamente cuando engulle el gas circundante. Estos núcleos activos se llaman galaxias de Seyfert, y recientemente los astrónomos notaron una rareza: cuanto más brilla el agujero negro, menos gas hay en sus inmediaciones, a unos cincuenta años luz de distancia. Es como si el viento dispersara la niebla.
Para entenderlo, un equipo de científicos creó una detallada simulación por computadora de cuatro galaxias del tamaño de la Vía Láctea. En el universo virtual, rastrearon cómo el gas fluye hacia el centro, cómo el agujero negro lo absorbe y cómo la respuesta, unos vientos poderosos, barre todo a su alrededor. Resultó que el proceso ocurre en ciclos de diez a cien millones de años: el gas se acumula, el agujero negro estalla, el viento abre cavidades gigantes, y la alimentación se detiene hasta la próxima entrada.
Las simulaciones reprodujeron toda la diversidad de formas y brillos que los telescopios ven en las galaxias de Seyfert reales. Pero no se encontró una clara relación inversa entre el brillo y la escasez de gas: los estallidos más poderosos ocurrían justo donde el gas se acumulaba más densamente. La clave, al parecer, está en el momento exacto de la observación: el telescopio captura solo un instante de una larga historia, donde el flujo y reflujo del gas se suceden, y este desfase temporal es la clave para entender cómo los agujeros negros controlan el crecimiento de sus galaxias.
Los vientos de un agujero negro supermasivo pueden acelerarse hasta miles de kilómetros por segundo, cientos de veces más rápido que cualquier huracán, y son capaces de empujar el gas mucho más allá de los límites de la galaxia.
En la novela "La oscuridad cegadora" de Arthur C. Clarke, el agujero negro en el centro de la Galaxia se convierte en fuente de misteriosas señales, no muy lejos de la idea de actividad cíclica que los científicos modelan.