En el centro de la galaxia NGC 1068, las ondas de choque actúan como cuchillas de una batidora cósmica. Comprimen y aceleran el gas eyectado por el agujero negro supermasivo —el núcleo activo—, y trituran sin piedad el polvo cósmico. Los astrónomos descompusieron la luz de la eyección en colores mediante espectroscopía y vieron que las líneas de elementos pesados, como el hierro, casi habían desaparecido: el polvo se ha desintegrado en gas. La compresión y la eliminación del polvo demuestran que la eyección es acelerada por ondas de choque, no por presión de radiación. Así, el agujero negro regula la formación estelar: el gas sin polvo no puede condensarse en nuevas estrellas. Esta batidora es implacable: incluso las partículas más duras que el diamante se convierten en átomos, devolviendo el material de construcción al medio interestelar y cambiando el curso de la evolución galáctica.
Algunas partículas de polvo sobreviven: en su interior, como en diminutas cajas fuertes, queda atrapado el calcio. Estas partículas microscópicas, recubiertas de grafito y silicatos, resultan más resistentes que los diamantes terrestres, pero ni siquiera su armadura las salva siempre cerca de un agujero negro.