Los detectores LIGO son oídos supersensibles que escuchan el eco de agujeros negros y estrellas de neutrones. Fueron construidos por Rainer Weiss y Kip Thorne siguiendo las enseñanzas de Einstein. Pero estos oídos no solo captan el cosmos: dentro de los instrumentos surgen glitches, chasquidos y crujidos por vibraciones. A veces, un glitch se disfraza de onda gravitacional.
Para no confundirse, los científicos crearon GlitchGAN, una red neuronal basada en aprendizaje automático. Estudia miles de interferencias reales y produce falsificaciones indistinguibles, como un generador de ruidos de estudio. Esto permite probar programas sin esperar fallos, incluidos los destinados a simulaciones por computadora de futuros observatorios.
Pero el giro principal: GlitchGAN mezcla tipos y crea glitches mutantes. Las pruebas estándar dejaron pasar parte de estas falsificaciones, tomando lo artificial por real. El problema es que el análisis habitual pasa por alto los pequeños detalles de la señal. Este hallazgo obligó a revisar los métodos de verificación: ahora los detectores se preparan para nuevas observaciones con un control más minucioso.
A los glitches en LIGO les ponen apodos: Blip (estallido), Koi Fish (parece un pez en la gráfica), Whistle (suena como un silbido).
Los glitches híbridos de GlitchGAN son como los fallos en «Matrix»: anomalías que delatan la artificialidad del mundo.