Un rayo láser en un túnel de varios kilómetros tiembla al paso de una onda gravitacional, pero tiembla de forma apenas perceptible, en fracciones del diámetro de un protón. Para escuchar ese susurro del cosmos, los físicos exprimen de la luz todo lo que pueden. Normalmente se apoyan en el límite cuántico de Cramér-Rao (la cota de precisión de cualquier medición), pero este, según se ha descubierto, es demasiado optimista para los detectores reales.
En un instrumento real, la luz se comprime, se filtra, se pierde en los espejos, y el ruido cuántico cambia de forma. Los autores del trabajo han construido una jerarquía más rigurosa: el límite habitual, el límite de Holevo (una cota cuántica más realista) y lo que da la lectura homodina habitual (el método utilizado en LIGO). Resulta que estos tres niveles ya se manifestaban en los datos de las antenas gravitacionales, solo que no se les prestaba atención.
Los investigadores han ideado cómo alcanzar este límite sin pérdidas adicionales. Su esquema de lectura es sencillo desde el punto de vista del hardware: no añade ruido nuevo ni requiere espejos adicionales. La simulación para LIGO muestra que este enfoque aumentaría la tasa de detección de fusiones de agujeros negros y estrellas de neutrones en un 25%. El cosmos se volverá más audible y, quizás, hablará de lo que aún no sabemos.
Una onda gravitacional procedente de la fusión de dos agujeros negros estira y comprime el brazo de cuatro kilómetros del detector en menos de una milésima del diámetro de un protón, algo así como medir la distancia a Alfa Centauri con la precisión del grosor de un cabello humano.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, una señal extraterrestre llega a través de ondas gravitacionales, y los detectores terrestres apenas logran captarla; el nuevo método de lectura podría dar a la humanidad unos segundos extra para preparar la respuesta.