Para entender cómo se empaqueta el ADN, los científicos usan el método Hi-C, que muestra qué segmentos de la larga molécula aparecen con frecuencia cerca uno del otro. Es como un ovillo de hilo enredado: si lo desenredamos y medimos la distancia a lo largo del hilo, los puntos más cercanos se tocan más a menudo en el ovillo. Así ocurre con el ADN: la probabilidad de contacto disminuye siguiendo una ley simple.
Durante mucho tiempo se pensó que los mapas de contacto ocultaban una estructura estratificada y desordenada. Pero una nueva investigación con simulaciones por ordenador demostró que toda la complejidad surge de una regla de potencia común. Para verificarlo, tomaron datos no solo de humanos y ratones, sino también de criaturas inusuales, desde lobos marinos hasta trébol subterráneo. El resultado fue el mismo en todos los casos, tal como predice el modelo físico básico de polímeros.
Este descubrimiento no solo explica viejos enigmas, sino que también proporciona una nueva herramienta. Ahora, a partir de los mapas de contacto, se pueden estimar directamente parámetros importantes sin necesidad de construir modelos tridimensionales complejos. En el futuro, esto ayudará a vincular datos de microscopía y métodos que utilizan la interferencia de ondas, así como a aplicar una lógica similar a campos completamente distintos, desde las redes sociales hasta los mapas del universo, donde las conexiones a larga distancia también son importantes.
El análisis multifractal, ideado para estudiar la turbulencia, resultó ser la clave para desentrañar el plegamiento del ADN. Pero en el genoma todo es más sencillo: basta con saber con qué frecuencia dos puntos del hilo se tocan entre sí.