Todo motor térmico genera entropía: un desorden inevitable. El límite de eficiencia lo establece la fórmula de Carnot, desarrollada por Ludwig Boltzmann y Max Planck: cuanto más frío esté el escape en comparación con la caldera, mayor será el rendimiento. Pero en el mundo clásico, para lograrlo hay que ralentizar el ciclo a paso de tortuga, y la potencia cae a cero.
El fluido de trabajo son fotones de microondas en resonadores superconductores (cámaras microscópicas donde la luz circula sin pérdidas). El secreto es la transferencia colectiva: los fotones, como una cadena humana que pasa baldes de agua, transportan energía a través de un cúbit (interruptor cuántico). Esta línea de producción apenas genera entropía adicional: su aumento es microscópico y se calcula con la fórmula de John von Neumann. Las simulaciones muestran que con 15 fotones la eficiencia alcanza el 99,9 % del límite, y añadir más partículas solo incrementa la potencia, un sinsentido para un motor convencional. El éxito se apoya en la teoría de la información cuántica y la óptica cuántica; para mantener la coherencia es necesario suprimir la decoherencia cuántica, la destrucción del orden por el entorno. Este enfoque revoluciona el diseño: en lugar de combatir las pérdidas, se las amplifica para que trabajen a favor. Los micromotores servirán para enfriar computadoras cuánticas o se convertirán en celdas de baterías ultrafrías.
La acción coordinada de los fotones se asemeja al efecto láser: los átomos emiten luz de forma sincronizada, produciendo un haz potente y dirigido.