
Ya en el siglo XVII, Galileo intentó medir la velocidad de la luz con linternas, pero no lo logró. En 1676, el astrónomo danés Ole Rømer, observando los satélites de Júpiter, hizo la primera estimación. Más tarde, en el siglo XIX, James Clerk Maxwell formuló la teoría del electromagnetismo, de la que se deducía que la luz es una onda electromagnética, y calculó su velocidad. Los experimentos de Michelson y Morley demostraron que la velocidad de la luz no depende del movimiento de la fuente ni del observador.
La luz se propaga como los círculos en el agua cuando cae una piedra, pero en tres dimensiones y con una rapidez colosal. Esta velocidad está integrada en el propio tejido del espacio y el tiempo, de modo que cuanto más rápido te mueves, más lento transcurre el tiempo para ti, lo que protege la constancia de la velocidad de la luz.