Cuando una tubería revienta en el sótano, el fontanero actúa por pasos: localiza la fuga, mide la presión, averigua la causa, pone un parche y comprueba que esté seco. Esa misma receta —el modelo estándar DMAIC— se propone contra las epidemias.
Primero se define la magnitud: cuántas camas están ocupadas, qué sectores se han resentido. Luego viene la recogida de datos: encuestas, pruebas, estadísticas. Igual que el fontanero ausculta las tuberías y observa las gotas, los científicos detectan los brotes. Los modelos markovianos predicen la evolución del contagio, antes de que sea tarde para reforzar los puntos débiles: pasar las consultas a internet, redistribuir al personal médico, aumentar la flexibilidad del sistema.
El final es el control: un cálculo preciso de las medidas para frenar la epidemia sin confinamientos innecesarios. Sorprende que el DMAIC se perfeccionara en las cadenas de montaje de Motorola, donde eliminaba defectos y ahorró miles de millones. Ahora no repara tuberías, sino la sociedad. La epidemia aumenta el desorden, y el enfoque sistémico, igual que las ideas de von Neumann en informática, devuelve la estructura.
Curiosamente, las primeras pruebas de DMAIC en medicina ayudaron a reducir a la mitad las listas de espera en los hospitales, sin financiación adicional.
En la película 'Contagio' (2011), el pánico entorpece la búsqueda de la vacuna; el protocolo DMAIC, como el plano de un fontanero, habría puesto orden.