Un diapasón golpeado suena limpio y durante mucho tiempo. Pero si mientras suena agitas ligeramente el propio diapasón, el sonido empezará a temblar y se apagará rápidamente. Algo parecido ocurre con los electrones en cualquier trozo de materia. Los átomos en la red nunca están quietos: las vibraciones térmicas los hacen temblar continuamente. Estos temblores descomponen la danza cuántica sincronizada de los electrones, y en el metal surge la familiar resistencia eléctrica.
Los autores del trabajo mostraron cómo se puede calcular este proceso desde primeros principios, sin parámetros de ajuste artificiales. Tomaron un método que sigue a los electrones en el tiempo y le añadieron la influencia de la red vibrante, como si colocaran el diapasón sobre una mesa vibratoria. En los metales, a partir de una única "instantánea" de los desplazamientos atómicos desordenados surge de forma natural una ley de amortiguamiento similar a la fricción en un líquido. Y en los dieléctricos transparentes, el mismo temblor, sorprendentemente, no estropea la imagen: los armónicos superiores (tonos muy puros de luminiscencia) salen nítidos, sin desenfoque.
El truco clave es la reducción de un fragmento grande de la red a una sola celda unitaria. Resultó que el amortiguamiento está controlado principalmente por cómo cambia la ocupación de los niveles electrónicos (la diagonal de la matriz de densidad), y no por el amortiguamiento de las "conexiones" no diagonales. Esto es como un coro donde los cantantes no tanto pierden la audibilidad entre sí, sino que simplemente pasan de una parte a otra, y el sonido general cambia. Este enfoque permite por primera vez obtener espectros y conductividades realistas directamente de la simulación, sin tiempos de vida ajustables.
En el cobre a temperatura ambiente, los átomos vibran con una amplitud de alrededor del 5% de la distancia entre ellos, como si la cuerda de un violín vibrara constantemente por sí sola, incluso sin el arco.