Una fogata arde parejo y durante mucho tiempo. Pero basta un soplo de viento para que la llama se apague, dejando solo brasas. Una historia similar ocurrió con el gravastar, un objeto hipotético que debía reemplazar al agujero negro.
Un agujero negro común esconde en su interior una singularidad: un punto donde las leyes de la física se rompen. El gravastar es un intento de prescindir de ella: en su interior no hay vacío, sino energía oscura, que empuja el espacio y no deja que la materia colapse hasta un punto. Resulta una especie de burbuja, estable por fuera, pero con un secreto en su interior. Los autores del nuevo trabajo estudiaron qué tan confiable es esta construcción desde el punto de vista del calor.
Resultó que nada confiable. El cálculo termodinámico mostró que el gravastar pierde espontáneamente estabilidad y se convierte en un agujero negro de Schwarzschild con singularidad. Es como si una membrana de goma estirada (la energía oscura) de repente se reventara ante el más mínimo soplo térmico. La causa está en la propia naturaleza de las fluctuaciones térmicas: ellas sacuden el sistema y este rueda hacia un estado más probable.
Este resultado no es solo un juguete matemático. Dice que no se puede evitar la singularidad solo con energía oscura. La naturaleza elige el camino de menor resistencia, y ese camino lleva al agujero negro que conocemos. Quizás los gravastares nacieron en el universo temprano, pero es poco probable que hayan sobrevivido hasta nuestros días.
La energía oscura, que debía mantener al gravastar sin colapsar, es la misma que lo destruye: las fluctuaciones térmicas hacen que se "desinfle" más rápido de lo que uno podría suponer.
En la novela «Luz de estrellas» de Peter Watts, la tripulación de una nave se encuentra con un objeto que recuerda a un gravastar: también resulta inestable y amenaza con devorar todo a su alrededor.