Una fila de soldados, a la orden, gira en una misma dirección. En los materiales magnéticos, el papel de los soldados lo desempeñan los espines de los átomos: diminutas agujas magnéticas. En un imán ordinario apuntan igual, pero en una red triangular todo es más complicado: los vecinos se estorban mutuamente y surge una danza enredada.
Los físicos estudiaron el cristal Na₂BaCo(PO₄)₂ con iones de cobalto situados en los vértices de triángulos. Mediante difracción de neutrones (método en el que un haz de neutrones atraviesa la muestra y, por la dispersión, se ve la disposición de los espines), miraron el interior del material bajo un campo magnético intenso. Cuando el campo se orientó a lo largo del eje magnético privilegiado, hallaron algo inesperado: antes de que todos los espines se alineen definitivamente con el campo, surge una fase intermedia. Los espines no permanecen fijos, sino que forman una onda: un 'abanico' que se despliega suavemente al variar el campo.
Esa onda corre a lo largo del borde de la zona de Brillouin hexagonal (una celda imaginaria en el espacio de momentos que determina la periodicidad del cristal). Su paso cambia con el campo, lo que no encaja en los modelos simples. Los cálculos mostraron que el papel clave lo desempeñan las interacciones dipolo-dipolo (cuando cada espín siente el campo magnético de los vecinos como un pequeño imán) y una anisotropía de intercambio particular (la dependencia de la fuerza de interacción con la dirección). Los autores construyeron un modelo mínimo que reprodujo todo el complejo mapa magnético, incluido ese vector de onda que se desliza por el borde.
Así, la fase abanico, hallada en el umbral de la saturación, recuerda que incluso en cristales de apariencia sencilla se esconden mecanismos sutiles que gobiernan el comportamiento colectivo de los espines.
El nombre del mineral 'cobalto' proviene del alemán Kobold, un duende de las minas que, según la creencia, estropeaba la mena de plata al mezclarle un metal entonces desconocido.