En los primeros instantes tras el Big Bang, el universo se expandió a una velocidad vertiginosa, una fase que llamamos inflación. Incluso el vacío estaba agitado: los empujones cuánticos mecían los campos como el viento agita las espigas en un campo. Uno de esos campos, el campo oscuro de Higgs, podría haberse desviado por azar de su posición más estable.
Cuando la inflación terminó, ese campo comenzó a oscilar y a descomponerse, generando partículas: los fotones oscuros. Estos se convirtieron en candidatos a materia oscura. Las partículas nacidas de esta manera reciben un impulso inicial, por lo que se mueven más rápido de lo normal. Esto impone restricciones: partículas demasiado rápidas habrían impedido la formación de galaxias. Por lo tanto, la interacción entre fotones oscuros debe ser muy débil, aproximadamente como la fuerza con la que dos plumas se atraen a un kilómetro de distancia.
Si los fotones oscuros además se mezclan ligeramente con los ordinarios, podrían detectarse en futuros experimentos, ya sea por un débil resplandor en el espacio o por diminutos empujones en detectores sensibles. Por ahora, el juez principal sigue siendo la cosmología: el mapa de la radiación de fondo y el espectro de las nubes de hidrógeno lejanas guardan la huella de aquellos eventos antiguos.
La inflación duró una fracción diminuta de segundo, aproximadamente 10⁻³⁵ s, pero en ese tiempo el universo se expandió 10²⁶ veces. Si un grano de arena aumentara en la misma proporción, alcanzaría el tamaño del universo observable.