Un agujero negro no es un embudo vacío. A su alrededor puede acumularse materia invisible, y entonces los límites habituales se desplazan.
Un grupo de teóricos ha encontrado una condición simple: si la masa de ese entorno crece de manera suave y satisface la desigualdad 1 − 2m' − rm'' > 0, entonces el horizonte de sucesos permanece nítido y el propio agujero es estable. Matemáticamente, esto significa que la función Δ(r) = r² − 2rm(r) + a² (donde a es la rotación del agujero) tiene exactamente dos raíces: los horizontes interno y externo. La condición es como una verificación: ¿se 'hunde' el borde del embudo bajo el peso de la nube?
Los autores tomaron precisamente esa variante y calcularon cuánto se desplazan el horizonte externo, la esfera de fotones (donde la luz viaja en círculos) y la sombra del agujero. El desplazamiento depende de cómo se distribuye la materia cerca del centro. Curiosamente, el corrimiento de la sombra resultó ser diferente para la rotación directa y la retrógrada: esto es consecuencia de que la nube 'siente' la dirección del giro del espacio-tiempo.
Pero la gran sorpresa está en las escalas. A distancias comparables a las galácticas, la corrección cae por debajo de 10⁻²⁰. Es como intentar notar un grano de arena caído en el otro extremo de un campo de fútbol. Por eso, buscar rastros de materia oscura en las sombras de agujeros negros lejanos es una tarea para instrumentos futuros ultraprecisos; por ahora, toda la física se concentra en la estrecha 'caja' de campo fuerte cerca del horizonte.
La diferencia en el desplazamiento de la sombra para la rotación directa y retrógrada de un agujero negro puede alcanzar varios por ciento: una magnitud enorme para las mediciones astrofísicas.